P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito
Continuamos caminando hacia Jerusalén acompañando a Jesús. Y durante su avance son muchas las situaciones que se le presentan; personas que quieren conocerlo, escuchar su palabra, otros quieren sanar de diversas enfermedades y otros como hoy quieren que les resuelva incluso los problemas familiares.
Es un buen momento para que el Maestro les hable y les ayude a comprender lo central de su predicación y de su testimonio.
Como ya lo comentábamos en el domingo anterior: una buena oración permitirá que se haga un buen discernimiento de la vida que se vive. Por lo tanto es indispensable tener ese diálogo íntimo con el Padre y saber conversar con él lo que de verdad necesitamos. En la mayoría de los casos nos dedicamos a pedir cosas que de seguro ya las tenemos: que nos vaya bien en la prueba de hoy dirán los niños y jóvenes, pero si ya tienen profesores, colegios, útiles de estudio, tiempo, y además la confianza en el Señor, por lo tanto me debe ir bien en cualquier materia si hago mi parte que es “estudiar”; muchos piden superar las peleas dentro de la familia, parecido a lo de la herencia, y si miramos bien tenemos todo para aceptarnos, sabiendo que cada uno se preocupa por mí en la casa, y yo sé que los demás son importantes para mí por lo tanto debo hacer mi parte que es cultivar las buenas relaciones dentro de mi familia y que se trasladan también a los vecinos y a quienes están a mi alrededor; muchos piden salud y hacemos el mismo recorrido, tenemos médicos, remedios, alguien que me ayudará a mejorar, pero no hacemos caso a las indicaciones que se nos dan, entonces por mucho que me arrodille a pedir no se darán esas peticiones. Porque ya lo decíamos: la oración se trabaja.
Hoy tenemos un caso de dos hermanos que seguramente no se llevan bien y que no han sabido resolver sus diferencias y quieren que otro les arregle el problema. Jesús los invita a que sepan mirar más allá de algo tan puntual. Lo económico, o lo material no es lo que define la vida, hay otras cosas mejores: entre ellas compartir, ser solidarios, vivir la justicia y la paz. Valores que marcan una manera concreta de enfrentar la vida diaria y todas sus exigencias.
Vuelvo al tema de la oración, al mirar lo esencial sabremos valorar todo aquello que no es visible a los ojos, dirá el Principito. Hemos sido educados en el triunfo, en el aparecer dominando a los demás, en el tener bienes materiales excesivos y eso en muchos crea confusión y la sensación de que es lo más valioso. Pero la vida misma enseña que no estaba todo en el tener, ni en la fama ya que se va luego y como dice el texto bíblico “esta noche morirás y ¿para quien serán los bienes amontonados?”.
Seguramente vivimos esperando que otros nos solucionen los problemas, seguramente viviremos creyendo que los males son por culpa de los demás, y muchos actúan por lo que otros hacen y se justifican con ello. Los amigos de Jesús en cambio actúan en función del Reino de Dios, algo que refleja la vida en el espíritu y eso se logra a partir de una buena oración. Aquella que hace que la vida muestre esos frutos de compromiso, de hermandad, de compartir, de paz.
Domingo 31 de julio, Lucas 12, 13-21.