P. Luis Vaccaro Cuevas
Profesor de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule
Sin duda que en nuestro vocabulario de todos los días la palabra amor es una de las más usadas. La empleamos para denominar muchas realidades, tan diferentes y, a veces, contrapuestas entre sí. El Evangelio de San Mateo, puede ayudarnos, desde la Palabra proclamada y celebrada, a descubrir cual es el significado de esta realidad y que lugar ocupa en el mensaje de Jesús, y por tanto, en la vida de los creyentes.
Nos hemos dado cuenta, por los textos evangélicos anteriores, que la relación entre Jesús y los entendidos en la Ley, así como con los sacerdotes, es hostil y conflictiva. Se busca a Jesús para que responda preguntas, no con el ánimo de oír lo que el Maestro quiere enseñar sino con la intención de hacerlo caer en trampas y contradicciones. Es en este contexto donde está inscrito el pasaje de San Mateo. Es aquí donde se revela la original y absoluta concepción del amor que lleva como contenido el mensaje de Jesús. La Ley había sido concretada en 613 preceptos que se consideraban absolutamente inevitables para cumplirla fielmente. Los expertos han caído en el pecado de muchos hombres a través de la historia: querer manejar aquello que es inmanejable. Se pretende hacer del amor expresado en la Ley, una fragmentación tan grande que llega a ser generadora de ídolos e imágenes de Dios, en vez de conducir al fondo de la verdad sobre nuestra relación con Él. Cuando se intenta manipular la vida los árboles no nos dejan ver el bosque.
Por ello Jesús se sitúa en una perspectiva del todo diversa. Él relativiza toda forma de legalismo, por eso no es que reduzca a dos preceptos la Ley, sino más bien éstos constituyen la perspectiva de fondo desde la cual vivir nuestra relación con Dios y con los demás. No pretende imponer nuevas reglas que cambien o se añadan a las anteriores, sino el ámbito en que todo gesto y toda respuesta humana deben ser colocados para convertirse en auténtica realidad del amor de Dios derramado en nuestros corazones. De allí que el amor por Dios y por el prójimo no sean sumados sino puestos en estrecha relación, ambos construyen la única y auténtica experiencia del amor cristiano. El creyente se involucra completamente en esta experiencia, nada queda fuera de este fundamento de la vida. Por eso, amar es un verbo que se aprende a conjugar en el camino de la vida, no existen recetas, ni se le puede dominar con el cumplimiento de simples normas, “es la clave de toda la Ley y los Profetas”. Esa frase se convierte en llave que nos abre a una experiencia que no es parte de nuestro discipulado, sino lo funda y lo hace auténtico seguimiento del Señor. Todo lo que hacemos, decimos y pensamos tiene como fuente esta única y reveladora experiencia de Dios.
El amor no es por tanto palabra para ser usada, al menos en nuestro proyecto creyente, como elemento que denomina cualquier vaguedad o ambigüedad sobre lo que deseamos o queremos. Debemos darle todo el peso que él tiene en nuestro caminar. El amor será criterio de discernimiento, huella de Dios en los hombres, entrega de la vida, gestos y palabras que nos ayuden a ser más hijos del Padre y hermanos entre nosotros. Debemos dejarnos atrapar por él para que nuestra vida descubra cual es el verdadero centro de unidad que hace de nuestro existir algo armonioso y coherente.
Domingo 26 de octubre del 2014. (Mt. 22, 34-40)