P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito
Hace algunos días atrás recordamos a nuestros difuntos. Es común a todas las culturas el cuidado con respeto de los cuerpos de quienes han fallecido. Muchas familias realizan el día de visita a los cementerios un verdadero encuentro en torno a quienes hoy ya no están pero nos reúnen en un ambiente festivo, de reflexión, de plantearse hacia dónde vamos.
El evangelio de hoy parte con una interrogación de los saduceos, quienes niegan la resurrección, se acercan a Jesús y le preguntan acerca de una situación: “Si a uno se le muere su hermano dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”.
Jesús al responder lo hace de una manera que les cuesta entender, incluso hoy, ya que muchos se refieren a lo futuro como un volverse a encontrar, ya estaremos nuevamente juntos, etc.; no quisiera dañar a algunos que como los saduceos pretender mantener las mismas estructuras de este mundo en la eternidad. Sino que de abrirse a la novedad del Reino de Dios que es alegría, comunión y comunidad, fiesta, luz. Todo lo que uno puede soñar es poco con respecto a lo que nos espera y que cada día nos esforzamos por hacer realidad.
Cuando nuestra vida cristiana con todo su empeño pastoral de integración de los más pobres y excluidos, con la visita a las familias para que descubran el rostro acogedor y cercano del Señor, en cierto modo estamos adelantando aquellos que esperamos en la fe.
Jesús nos hace mirar más allá de lo conocido, nos invita a lo que es novedad absoluta y que no la podemos ni imaginar. Con su testimonio de buscar los bienes de arriba nos mueve a que podamos pensar lo futuro no como una muerte que termina con todo, sino que nos invita a entrar en el mismo camino que él ha asumido en la cruz porque tiene la convicción de que su Padre lo resucitará.
En la experiencia de acompañamiento pastoral a tantas personas he podido ver a muchísimas personas que han partido acompañadas por su familia en medio de la oración, del canto, al encuentro del Señor. Seguramente ha sido doloroso el partir, pero no se ha perdido la esperanza porque los cristianos sabemos que es únicamente un paso para poder disfrutar la verdadera vida en la eternidad.
Y por último es una invitación a que cada persona pueda vivir su vida con la responsabilidad que le entrega el mismo Señor, lo hemos dicho en otras ocasiones, cada uno está invitado a elegir el Reino y para eso vive en consecuencia: lo hace visible en su compromiso alegre con las realidades que gritan para hacer la vida más digna, para mejorar las condiciones de tantos que padecen la miseria, para lograr la paz en tantos lugares donde las armas son las que mandan.
Domingo 06 de noviembre, Lucas 20, 27-38.