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11 Nov2016

Tiempos de crisis, tiempos de esperanza

p luis alarP. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

Estamos viviendo el penúltimo domingo del año litúrgico y hemos pasado por tantos momentos de la vida de Jesús para no solo conocerlo en lo que a personaje histórico se refiere sino que a su legado espiritual, que como hemos dicho en otra ocasión no es algo invisible e intocable, sino que es la concreción de lo que está experimentando nuestro ser en el encuentro con el Señor.

Hoy lo acompañamos en esta visita al templo y escuchamos esta aseveración: “Esto que contempláis llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.” En muchas personas existe una permanente duda acerca del fin del mundo y de hecho en los cambios de siglos o de milenios surgen con mayor fuerza grupos que calculan los días de ese fin, y es así como hubo antes del dos mil algunas personas, no pocas, que se encerraron en algunas cuevas en Asia, para esperar este momento. ¡No sé si ya habrán salido! También hubo cálculos que hicieron los mayas acerca de esa futura destrucción de todo para entrar en otra fase de la historia.

El evangelio es muy claro: nuestra fe debe estar únicamente puesta en Jesús. Ahí tenemos toda la respuesta. Es cosa de buscar en los evangelios para saber que él estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Todos sus cabellos están contados, nos decía el domingo pasado. Cuando estas cosas empiecen a suceder ustedes no se asusten, es porque ya está llegando su liberación.

En muchos momentos durante el año hemos dicho que nuestro trabajo, nuestra vida comprometida con la tarea misionera, con el cuidados de los que más sufren en el mundo, en la defensa de la tierra que hemos cuidado tan mal, en la vuelta a una relación armoniosa entre todos y con la naturaleza, veremos cómo poco a poco el Reino de Dios se va concretando, haciendo realidad en medio nuestro.

Para muchos las guerras, epidemias, males infinitos son señal del fin. Pero en la lectura atenta del Evangelio podemos comprender que todavía no lo es, sino que es el tiempo purificador y renovador que hará surgir relaciones nuevas y en ellas el arribo alegre del Señor para reinar eternamente. Por lo tanto no podemos temer. No podemos perder la fe ni la calma.

Estamos en momentos de grandes crisis en todo el mundo y en nuestro país, vemos dificultades en la vida política, en los servicios públicos, en la educación, en las instituciones más importantes. Seguramente esas situaciones son el templo que debe ser destruido, es cierto que no es fácil cambiar de un estilo de vida a otro. Implica dolor, y ese sufrimiento lo padece todo el mundo. Pero es necesario el purificar las intenciones, las búsquedas, darle sentido a todas las grandes esperanzas humanas para poder ver restaurado el templo santo que es el hombre de pie, como nos dirá un padre de la Iglesia.

Son tantos los signos de bien que suceden a diario y que no los vemos porque no hacen ruido: hay misioneros que recorren las casas de familias más alejadas, hay servidores que preparan comida para aquellos que padecen cesantía y que hoy recién están empezando a encontrar trabajos en las temporadas de frutas, hay compañerismo en los estudiantes que comparten sus conocimientos con otros para hacer sus tareas universitarias con excelencia, hay gente que visita a los viejos de la calle para llevarles un poco de humanidad a su vida; esos son signos de cercanía y que construyen el nuevo templo santo que parte en cada ser humano.

Domingo 13 de noviembre, Lucas 21, 5-19.

Diseño, Edición y Producción: Departamento de Comunicación Social.
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