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10 Nov2014

Dedicación de la Basílica de Letrán del Salvador

p luis vaccaroP. Luis Vaccaro


La festividad que la Iglesia nos invita a celebrar puede parecernos un poco lejana. Es bueno, sin embargo entrar en sintonía con los grandes momentos que han marcado nuestra memoria histórica, como iglesia que camina, en medio de los hombres, de todo tiempo y lugar. La Basílica de Letrán es la sede del Obispo de Roma, desde que el Emperador Constantino la donara al Papa Esteban. Como reza la inscripción en las columnas de su pórtico ella se constituye en “madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo”. En esta memoria de un templo cristiano de tanta significación, estamos invitados a celebrar y reconocer a Dios que se hace presente en lo concreto, espacial y temporal, de nuestra historia humana. Contra toda tentación espiritualista o esotérica. La afirmación de esta memoria es también la confesión, que hacemos en nuestra experiencia creyente, del ser iglesia en torno a un sólo Señor. El lugar donde la comunidad rinde culto a Dios debe significar la verdad y la autenticidad de nuestra adhesión al Verdadero Señor. Celebrar hoy esta Iglesia concreta e históricamente situada es celebrar que no sólo las buenas intenciones o construcciones realizan los cambios, sino el recorrido, lento y , a veces, no fácil, de caminos concretos que nos lleven a una mayor experiencia de cercanía con Jesús, Nuestro Señor, cuyo camino hacemos como discípulos. No se trata de convertirnos a unas ideas o a unos principios, si no de poner el corazón en la misma sintonía de lo que siente y hace Jesús en el Evangelio. El cambio que hace más fecunda esta tarea es el reconocimiento de Jesús, como el Señor de nuestra vida, como el único centro en torno al cual gira el sentido de lo que hacemos y vivimos. Es éste quizá, el mensaje central del texto evangélico de San Juan que la Iglesia nos ofrece.

La acción de Jesús en el Templo tiene un significado lleno de densidad. El mismo evangelista nos da pautas para la interpretación de este texto. La primera de estas pistas la encontramos en las palabras de Jesús “No conviertan la casa de mi Padre en un mercado”. Sus palabras, de claro origen en el Antiguo Testamento, tienen como objeto afirmar que Él es el Hijo que viene a la casa de su Padre. Al lugar santo que para los judíos era presencia de Dios. Allí Jesús proclama su relación única con el Padre y la autoridad que le cabe, entonces, para hablar, como ninguno, respecto del verdadero culto y de lo que es sagrado. No basta con señalar un lugar o una situación como cercana a Dios, en ella debe reconocerse la presencia del Hijo y de su autoridad.

La segunda frase importante en el texto es la cita de la Escritura que los discípulos recuerdan al ver a Jesús actuar de manera tan enérgica: “el celo por tu Casa me consume”. Jesús a costa de su vida, purifica la Casa de su Padre de todo aquello que no es el verdadero culto. El será otro justo más que caiga porque los hombres han confundido las piedras del templo con Aquél que lo habita. La última y sin duda la más central de todas es la expresión de Jesús, considerada como sacrílega por sus interlocutores: “Destruyan ese templo y en tres días yo lo volveré a levantar”. La ironía de San Juan hace que los judíos entiendan estas palabras de manera literal, sin descubrir que como dice el evangelista “hablaba del templo de su cuerpo”. Estamos ante la gran verdad proclamada por Jesús: Todo el complicado ritual y ceremonial que rodeaba al antiguo templo debe dejar paso a la única verdad a la que se debe adherir: Jesús, su persona concreta y real es el único y nuevo Templo donde Dios debe ser adorado y reconocido. La fe se centra en ese reconocimiento. Es la condición para descubrir al Dios verdadero, para que nuestra vida sea auténtico acto de adoración al Padre. Sólo reconociendo al Hijo y siguiendo sus caminos encontraremos la Vida que puede reconstruir la nuestra. Descubriremos las llamadas de Dios porque hemos confiado en las palabras del Hijo y nuestra fe es confianza probada y madura en su persona.

Domingo 09 de noviembre de 2014. (Jn. 2,13-22)

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