P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito
El Padre Aderico Dolzani, en la liturgia cotidiana nos dice: “Juan Bautista vio que Jesús estaba llegando y lo definió: ‘Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. El cordero es un animal que no da miedo a nadie y no tiene la fortaleza de otros ganados. Como imagen de Dios provoca una revolución en nuestras ideas: no es un Dios que pide sacrificios, sino que se sacrifica y ofrece su vida. No infunde temor, sino confianza, no muestra su omnipotencia, sino su misericordia.
Este cordero quita “el pecado del mundo”, no los pecados. Juan no se refería a nuestras faltas leves o graves, errores y omisiones. El pecado del mundo es la fractura entre Dios y el hombre que fructifica en violencia y muerte. Él vino haciéndose hombre para recomponer ese puente entre lo divino y lo humano, para vencer definitivamente la muerte que sembró ese pecado del orgullo humano.
Esa lógica que Dios ha elegido se manifiesta desde el principio: en el anuncio a una joven virgen y pobre de Yahveh, en el nacimiento ocurrido en un lugar muy austero, en la convivencia permanente con los más desposeídos, enfermos, endemoniados, leprosos, pecadores, en su cercanía a todas las personas; pero como hemos dicho en otros comentarios, desde esa lógica de la misericordia y la pobreza nos manifiesta de manera clara y eficaz el mesianismo nuevo, el reino de Dios que se ha anunciado desde siglos antes por los profetas. El mismo Juan da testimonio del Espíritu que se posa sobre Jesús y que bautizará en el nombre de ese mismo Espíritu Santo.
Una idea para la reflexión personal será el contemplar a Juan el Bautista, quien es un adulto que ha ido conociendo a Dios en la oración que ha tenido durante tanto tiempo en el silencio del desierto y ha conocido a Dios en la escucha de los hombres que se han bautizado con el agua que él derrama sobre su cabeza. Él sabe que quien perdona los pecados es otro, no él. Él es solo un instrumento del amor de Dios que se dispone a dar a los hombres lo que les pertenece. Esa permanente amistad con Dios le hace cumplir su tarea y hacerse al lado. Ya ha culminado su parte, ahora es necesario que yo disminuya y que el crezca, dirá el Bautista. La pregunta para cada uno de nosotros, sacerdotes, catequistas, misioneros: ¿estamos anunciando a Jesús o nos estamos anunciando a nosotros? ¿Creemos que la tarea nos pertenece de manera total y por eso no dejamos entrar a otros a nuestras comunidades y nos vamos poniendo viejos y reclamamos que nadie se compromete?
Es el tiempo de ver el Espíritu en tantos hombres y mujeres que sirven de manera anónima en todas las comunidades cristianas de vida, de reconocer que todos nos muestran a Jesús actuando en cada situación de dolor, de soledad, de enfermedad, de trabajo solidario. Es tiempo de ver el Espíritu en iniciativas misioneras, en la apertura a recibir en nuestras capillas, trabajos, barrios a los migrantes que vienen a enriquecer nuestra cultura y a aportar con su trabajo.
El espíritu de Jesús nos hace recibir claridad para saber dónde debemos servir en cada tiempo y con la actitud que él tiene, de mansedumbre, de cercanía, que hace que los otros le abran su vida y pongan en él su confianza.
Domingo 15 de enero, Juan 1, 29-34.