P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Los Doce Apóstoles
Las Bienaventuranzas son siempre al leerlas o escucharlas en la liturgia de la Iglesia una palabra de esperanza, de ánimo en el camino y, disponen a los hombres y mujeres de todo tiempo para enfrentar la tarea misionera y de la propia vida con alegría.
El domingo pasado ya dejábamos entrever que la conversión es para la alegría, el evangelio no es para los tristes, para ser tristes; sino para dejar el mundo mejor de cómo lo encontramos como nos dirán los scout siguiendo a su fundador.
El padre Pagola nos cuenta que Jesús no calzaba con los cánones de felicidad de las personas de su tiempo: que era tener salud, una esposa honesta, hijos y tierras para trabajar. Jesús recorre Galilea sin esposa, ni tierras ni bienes, no responde a una felicidad convencional. Su manera de vivir era provocativa, contracultural, a contrapelo de lo establecido.
“En realidad, no pensaba mucho en su felicidad. Su vida giraba más bien en torno a un proyecto que le entusiasmaba y le hacía vivir intensamente. Lo llamaba “reino de Dios”. Al parecer, era feliz cuando podía hacer felices a otros. Se sentía bien devolviendo a la gente su salud y la dignidad que se les había arrebatado injustamente.
No buscaba su propio interés. Vivía creando nuevas condiciones de felicidad para todos. No sabía ser feliz sin incluir a los otros. A todos proponía criterios nuevos, más libres y radicales, para hacer un mundo más digno y dichoso.
Creía en un “Dios feliz”, el Dios creador que mira a todas sus criaturas con amor entrañable, el Dios amigo de la vida y no de la muerte, más atento al sufrimiento de las gentes que a sus pecados”.
Un segundo tema que creo importante: que al entender a Dios en esa mirada feliz, las bienaventuranzas se nos presentan como una licencia para vivir en un estilo de vida definido siguiendo a Jesús. Es la licencia para hacer el bien. Cuando se piensa desde el Padre y el Hijo y el Espíritu todo es bondad y los que lo siguen no pueden sino configurarse con ese amor. Por lo mismo las bienaventuranzas serán esa inspiración para entrar en el mundo desde la pobreza como Jesús mismo lo ha hecho y ha podido ser feliz en esa condición. El jugarse por la justicia en todo momento implica una reciedumbre espiritual que supera las dificultades propias de aquellos que enfrentan causas nobles. El estilo cristiano será siempre la misericordia, que es el nombre de Dios, como aprendimos en el Año de la Misericordia. Las bienaventuranzas son el nuevo régimen en el cual se moverán los creyentes, no aboliendo los mandamientos: que de diez “no”, pasamos a bienaventurados: podemos vivir, hacer, crear, pensar. Es la nueva ley que explicita mejor la primera, que entra de un régimen de pura piedad y preceptos a una de creatividad y de esfuerzo por mostrar lo mejor de sí, no por cumplir sino por ser mejor.
Finalmente, quiero dejar una palabra de agradecimiento a tantos hombres y mujeres que durante estos días han estado combatiendo el fuego en tantos lugares de nuestra diócesis y región. Son hombres y mujeres que se han formado para servir y dar la vida si fuese necesario. Les agradecemos a los bomberos de todas las compañías y a quienes han colaborado para mejorar un poco la indigencia en la que han quedado tantas familias. Con mayor esfuerzo debemos tomar en cuenta las enseñanzas del papa Francisco en su encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la naturaleza.
Domingo 29 de enero, Mateo 5, 1-12ª.