P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Los Doce Apóstoles
Continuamos viviendo este tiempo de Cuaresma en un año en el cual nos queda la tarea que el año pasado descubrimos en esa invitación del Papa Francisco a vivir un “Año de la Misericordia”. Fueron muchos los momentos en los cuales tuvimos la posibilidad de descubrir a Jesús en muchos rostros que tenían marcada la huella del sufrimiento por muchísimas razones: había abandono, pobreza, enfermedad, guerra, explotación, migración, muerte, analfabetismo. A veces hay personas que nos dicen que nos dedicamos a puro buscar situaciones que nos entristecen o nos “bajonean”, que nuestro mensaje deprime a algunos.
Seguramente es así, pero en aquellos que creen que la vida individual es más importante. En cambio los cristianos hemos recibido de Jesús un mandato que nos impulsa a tener siempre presente a los demás, nos mueve el corazón a servir y ser misericordiosos, a hacer presente el Reino del Padre Dios en todas las realidades.
El texto de la Transfiguración es una historia misteriosa, no de terror sino de algo que nos cuesta comprender y creer: Jesús aparece conversando con Moisés y Elías. Son los dos mayores héroes de Israel. Pero más aún, el que brilla es Jesús. Me imagino la sorpresa de los testigos Pedro, Santiago y Juan. Esa sorpresa o temor la expresan en el deseo de querer quedarse ahí para siempre, en el hacer tiendas para cada uno de los que ahí conversaban.
Volviendo al principio de este comentario, los discípulos reciben una noticia increíble dada por el mismo Dios: “Este es mi hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Ahí con ellos estaba el Hijo de Dios y no nos habíamos dado cuenta. Seguramente el cariño que se había ido dando nos hacía reconocer en el Predicador de Galilea a alguien especial, pero hoy hemos descubierto quién es en verdad. El Señor, el que habla de tú a tú con los más grandes de nuestra historia y los dirige, y ellos lo asesoran como los ministros o generales a su Señor, a su Rey.
Que importante es que durante este tiempo propicio sepamos descubrir el rostro verdadero de Jesús. Que podamos descubrirlo vivo y presente en medio de nosotros. Hay un canto muy antiguo y que todavía entonamos en nuestras liturgias: con nosotros está y no le conocemos, con nosotros está, su nombre es el Señor. Y luego nos muestra aquello que decíamos al inicio, el amor a Jesús no puede ser un asunto puramente ritual, sino que debe trasladarse a lo concreto de aquellos en los cuales el mismo Cristo ha querido estar, como el texto de Mateo 27 nos recordará hablando del juicio final.
Entonces, volviendo a lo del domingo pasado, el mejor ayuno será despojarnos de nuestra mirada discriminadora para entrar a reconocer a los hermanos y acompañarlos en cada una de las situaciones dolorosas que todavía les toca vivir en cualquier lugar del mundo.
La mejor limosna es el compromiso con la justicia, por lo tanto estamos invitados a crear condiciones de vida mejores, donde se reconozca la dignidad de las personas y se les trate sin prejuicios.
La mejor oración será aquella que visita a los enfermos, levanta a los caídos, y reconoce en cada hombre a Jesús, que nos muestra su rostro en cada uno de ellos. Que son glorificados desde el cielo por el Padre: “estos son mis hijos amados”.
Domingo 12 de marzo, Mateo 17, 1-9.