P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Los Doce Apóstoles
Nos encontramos en un nuevo domingo en el que la liturgia nos regala un hermoso texto del Evangelio de San Juan. Es la sanación de un ciego de nacimiento. Es un largo relato en el cual se muestra a Jesús y su encuentro con un hombre que no veía, los discípulos le preguntan algo que se daba por sabido en esa época: cualquier enfermedad crónica o un accidente ocurrido a alguien solamente podría haber sido por culpa de un pecado cometido por él mismo o alguien de su familia y eso significaba soportar esa secuela de castigo expresada en la enfermedad. Seguramente los discípulos ya sabían la respuesta, pero siempre estamos a la expectativa de ver si alguien piensa distinto y podemos usar a nuestro favor esa palabra.
Jesús responde desde su “ser Dios”: “Ni él ni sus padres han pecado, nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Y luego de esta respuesta envía al ciego a lavarse los ojos que habían sido cubiertos de barro con saliva a la piscina de Siloé. Sucede el milagro de la sanación del ciego.
Esta obra le trae más problemas que soluciones porque se ve cuestionado por los maestros de la ley que no ven el don de Dios sino la desobediencia a un mandato que obliga a observar el sábado.
El mensaje que surge de este texto es que Dios siempre trabaja, no tiene días de escaparse de su obra; mientras es de día siempre estará atento a sus creaturas para compartir lo mejor con ellos. Nos muestra su amistad y cercanía en signos que nos permitan darnos cuenta que no podemos vivir atados a condiciones que muchas veces son inventadas por nosotros mismos. Dios lo que quiere es amar, pero son tantas las barreras que ponemos en todo tipo de compromiso que mucha gente se aleja de las instituciones, incluida la Iglesia. Entiendo que es importante tener algunos elementos de orden, pero lo primero que conocemos cuando queremos participar en una comunidad son las obligaciones que debemos cumplir y no recibimos un abrazo de bienvenida, una palabra que se alegre de querer ser parte de esta familia, una invitación a vivir de una manera nueva en el mundo.
Surge el gran misterio de que los videntes son los ciegos y el que no veía puede darse cuenta de lo grandioso que ha sucedido. Mucha gente se queda ciega al lado de la costumbre o tradición y no se abre a la novedad de descubrir a Dios en tantas expresiones de compromiso por ejemplo social: son muchos los que trabajan en tareas de servicio como Misión País, Capilla País, Equipos Misioneros, Misión Alégrate; para mucha gente adulta le resulta extraña la forma de hacer oración, de trabajar en cosas concretas. A veces reclaman que no reza el rosario, que no hacen procesiones como antes; pero al final terminan con una capilla para su comunidad.
Jesús nos invita a vivir un juicio hoy en nuestra vida, que podamos discernir lo que estamos haciendo para hacer presente su reino. Con qué medios, con qué palabras, con qué personas, para que al final de nuestros días solo podamos responder al Señor: te vimos y te dimos de comer; te dimos de beber, te vestimos, te visitamos. No seamos ciegos.
Domingo 26 de marzo, Juan 9, 1-41.