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04 Abr2017

Vivir de nuevo o ¿resucitar?

p luis alarP. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Los Doce Apóstoles

Estos días de Cuaresma hemos leído en cada domingo una situación importante para la existencia humana, y en cada una de ellas hemos recibido de Jesús una enseñanza maravillosa y que nos permite orientar nuestra vida espiritual, no solo para estos días sino que de una vez y para siempre. Es verdad que cada cierto tiempo debemos realizar un “aggiornamento”, como diría el papa Francisco, un arreglo profundo de nuestra manera de vivir. Los jóvenes de hoy saben que a veces los equipos celulares o computadores tienen una capacidad grande pero a pesar de ello se llenan de archivos basura, que ocupan espacio y que hacen que anden lentos. Por lo tanto se realiza un proceso de limpieza, y de manera milagrosa se hace espacio y se puede continuar funcionando. De la misma manera, nuestra vida, a veces, requiere tener ese proceso de limpieza, de purificación, de orientar la dirección de la propia vida. No es que cambiemos cada cierto tiempo, sino que purificamos la opción emprendida.


Hemos entrado al desierto con Jesús para purificar la opción con la presencia del demonio que tienta, y estará siempre presente para aparecer en el momento oportuno. Hemos saciado la sed con la mujer samaritana, que descubre el sentido de la vida y ahora vivirá para ser discípula misionera del Señor; lo mismo le ocurre al ciego de nacimiento que se da cuenta donde está la salud y acude a ella, en la persona de Jesús que lo purifica de todos sus pecados y lo sana, ahora puede ver trayendo con ello la rabia y la ceguera de los maestros de la ley y los fariseos que creen que Dios tiene horario y los sábados no trabaja, o en nuestra situación: los domingos.

Hoy nos encontramos con una nueva situación: la muerte. El gran amigo, el que lo acoge siempre en su casa con sus hermanas Marta y María estuvo enfermo y rápidamente murió. Jesús se demoró más de la cuenta en llegar y lo hace cuando ya estaba sepultado. Dicen que los judíos creían que el alma sale del cuerpo al tercer día, por eso ahí empieza a oler mal. Es decir, estaba bien muerto. Pero al igual que en las situaciones comentadas los domingos anteriores, Jesús, realiza un gesto que nos hace entrar en ese cuestionamiento permanente, para poder crecer y para poder tener la misma mirada y sentir de Dios. “Este hombre no está muerto” y hace correr la piedra del sepulcro y lo llama. Como en las películas de zombies, sale Lázaro caminando, envuelto en los vendajes y con eso devuelve la alegría a una familia y a un pueblo que sentía la partida de alguien tan querido.

Nuevamente provoca el asombro de todos y ahora sí, muchos judíos también lo hacen. Al parecer también están volviendo a la vida. Están volviendo a respirar el aire que los puede hacer entrar en un Reino Nuevo. Empiezan a creer en Jesús y esta noticia se extendió por todo el territorio.

Podemos darnos cuenta que mucha gente vive como muerta, movido por la simple rutina, por el acostumbramiento a situaciones: si esto siempre ha sido así; ya lo hemos hecho antes; ¿para qué cambiar? ¿para qué resucitar?

De a poco nos empieza a adelantar aquella semana que viviremos en pocos días más. Es un acontecimiento bautismal: saciar la sed, ver de nuevo, renacer o resucitar, exigen el querer cambiar, el querer entrar en una dimensión de Reino. Morir para vivir, nos dirá el mismo Jesús.                                            

Domingo 2 de abril, Juan 11, 1-45.

Diseño, Edición y Producción: Departamento de Comunicación Social.
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