P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Los Doce Apóstoles
“El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: ‘Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto’. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro. El también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos”.
Este acontecimiento que marca la vida de los apóstoles para siempre y la de toda la humanidad continúa impresionando y sigue siendo un momento que merece únicamente la contemplación. El ver la obra de Dios que se va desencadenando en toda la inmensidad del universo, la transformación del mal en un movimiento renovador de la vida humana y del devenir de la creación entera. Porque lo que estaba caído ha sido levantado por el sacrificio creyente de un hombre que ante todo confió en su Padre Dios y que fue tan amigo de los hombres que se hizo uno de ellos para poder salvarlos de todo lo malo, de la fuerza del mal y del poder del demonio.
Lo grandioso de este suceso es que no vemos a Jesús, solamente vemos los signos que hablan de que hubo aquí alguien sepultado y las vendas y el sudario corresponden a los que utilizaron para sepultar al Señor. De inmediato, los discípulos creen. Y su testimonio es el que ha llegado hasta nosotros.
Es un momento de gran impresión para toda la humanidad, porque es un hecho nunca antes ocurrido. Como dijimos al iniciar la Semana Santa es un acontecimiento que conviene únicamente contemplar con actitud creyente y de a poco ir comprendiendo que la resurrección es un hecho que se vive con anterioridad a esta crucifixión y muerte del Hijo de Dios. Es todo el caminar de su vida creyente la que nos permite comprender que la resurrección es la aceptación definitiva del Padre al gesto de entrega total de alguien que había descubierto su vocación, había saciado su sed de agua viva, había encontrado la luz y de tal manera la irradiaba y la compartía con otros que se hace el primero entre muchos. Porque la resurrección no es un suceso para continuar en la historia al igual que Lázaro o el hijo de la viuda de Naim, sino que es el alcanzar de tal manera la plenitud que ahora vivo en la dimensión del Reino, es por eso que “está pero todavía no”, porque falta aún por hacer vida nuestra fe, falta irradiarla y ante todo hacernos testigos de Cristo en nuestro mundo.
“Resucitando a Jesús, Dios comienza ‘la nueva creación’. Sale de su ocultamiento y revela su intención última, lo que buscaba desde el comienzo al crear el mundo: compartir su felicidad infinita con el ser humano” (José Antonio Pagola. “Jesús. Aproximación histórica” pág. 419, Ed. PPC)
Domingo 16 de abril, Juan 20, 1-9.