P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Los Doce Apóstoles
“Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará con ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él’”.
Este texto que se lee en todas las eucaristías del mundo nos muestra a un grupo de discípulos preocupados y seguramente tristes porque escuchan a su maestro hablar y les cuenta que pronto se irá. Es la historia de muchas ocasiones en las cuales nos cambian el jefe que más queríamos, el profesor al cual le entendíamos más, al párroco o diácono o ministro que tenía mayor caridad en la atención pastoral. Es un acontecimiento que ocurre siempre y que a veces nos deja con la sensación de ¡qué vamos a hacer ahora! ¡Quién nos acompañará!, o nos enseñará o guiará para poder continuar con la misión. A veces creemos que todo quedó hasta aquí. E incluso cuestionamos las decisiones de la autoridad mayor pensando que no tienen sentimientos y solo hacen lo que se les ocurre.
El grupo de los discípulos de Jesús recibe del mismo maestro la noticia de que llegará alguien a defenderlos, a acompañarlos en todas las situaciones y a aclararles las cosas cuando se vean complicadas.
Cuando el grupo de los apóstoles ha madurado logra mantenerse unido y empieza a descubrir, animados y acompañados del Espíritu Santo prometido, que la presencia de Jesús es algo real y que se experimenta en la vivencia comunitaria porque es ahí donde se siente la fuerza que anima a vivir, a trabajar, a crear, a pensar, a comprometerse con la transformación de las realidades sufrientes del mundo. En la compañía a los enfermos, a los solos, a quienes padecen pobreza en todo ámbito, se va haciendo presente esa presencia nueva del resucitado que ahora llega en la persona de los discípulos, de los agentes pastorales, misioneros que golpean en cada casa para consolar y animar por medio de la oración y la lectura de la palabra de Dios.
Todos hemos pasado por la experiencia de la cruz junto a Jesús, y desde esa situación de dolor es que ahora podemos hablar con la convicción de quienes han experimentado el amor, de quienes han podido superar el duelo y se han mantenido firmes en la fe para continuar viviendo en todo ambiente y para compartir con aquellos que no conocen al Señor, presentándolo con la predicación y con la fuerza del testimonio. Este momento de crisis de la comunidad de los apóstoles se transforma en una fuente de esperanza a la cual siempre se volverá a beber porque es la palabra que surge como una promesa para toda la historia de la comunidad nueva que perdura hasta hoy.
Domingo 21 de mayo, Juan 14, 15-21.