P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Los Doce Apóstoles
“Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: ‘Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo’”.
Jesús continúa junto a sus discípulos después del acontecimiento de la cruz y de la experiencia de la tumba vacía. Ya han compartido con él en muchos momentos que les van dando la seguridad de la compañía permanente de su Maestro en todo su actuar.
Reciben de él la orden de ir a cumplir una misión que tiene que ver con invitar a los pueblos a ser discípulos y sellar esa condición con el bautismo en agua y en Espíritu Santo. La tarea es hacer crecer a la humanidad en condiciones de hermandad, de construir lazos de paz, de elevar las búsquedas a un nivel de desarrollo grande en el reconocimiento del valor de la persona humana y el respeto que se merece por ser Hijo de Dios. La tarea misionera significa hacer que el Evangelio de Jesús entre en el corazón del hombre y de esa manera pueda entrar en el corazón del mundo. Pero para ello debe haber una mirada hacia el infinito.
El Señor nos dice que estará siempre con nosotros, pero los hombres se han ido quedando solos porque han abandonado a Dios. Hoy miran demasiado a la tierra, han dejado de mirar hacia la eternidad y se han conformado con una vida materialista, hedonista, individualista, en la cual no tiene cabida la compañía de Dios. Al parecer, Dios, es un obstáculo para conseguir lo que quiero. Muchas veces, el hombre piensa: Dios es el que impide mi realización personal. Cuántas familias sufren el que su hijo no tome en cuenta las problemáticas para responder a sus caprichos y quiere únicamente estudiar una carrera y no se abre a la posibilidad de otra que puede acercarse al ideal y luego puede continuar con la que más le gusta. No queremos que el Señor permanezca con nosotros porque nos cuestiona el no estar atentos a la realidad de los que sufren por haber llegado a vivir a un país desconocido pero que abre posibilidades de realización, y la acogida a los hermanos se nos olvida y creemos que son solamente una fuerza y búsqueda de trabajo que nos quita la realización o crecimiento personal y no vemos un aporte a la cultura y enriquecimiento de nuestra vida como país.
Queremos que el Señor esté, pero de lejitos, sin comprometer, sin provocar dolor, sin sacarme de las seguridades. Creo que hemos dedicado mucho tiempo a mirar la tierra, sin cuidarla, creyendo que es algo que nos pertenece como un bien propio sin acordarnos que todos pasamos y los que vienen heredarán un planeta cansado, que ya no quiere dar el alimento que daba antiguamente, que ya no tiene el agua que saciaba la sed como antes.
Que necesario se hace mirar un poco más hacia el cielo, para que nuestra mirada sobre la tierra sea más amorosa, sea más delicada, y podamos ver a Dios en la persona de su Hijo, que sigue acompañándonos para darnos fuerza a la hora de crear, de buscar nuevos mundos donde vivir, que nos envía su Espíritu para que podamos comprender nuestra misión de cada día y realizarla con responsabilidad.
De tanto mirar la tierra, hemos olvidado los valores del cielo.
Domingo 28 de mayo Mateo 28, 16-20.