P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Univ. Santo Tomás
"Jesús dijo a sus apóstoles: No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre de ustedes. También ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, Yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres."
En los primeros tiempos de la Iglesia había un gran temor de manifestarse abiertamente como miembro de la comunidad de Jesús, de hecho ya supimos del temor que lleva a Pedro a negarlo tres veces antes que cante el gallo. Era notorio en varios pasajes del Evangelio que los discípulos no querían llegar hasta Jerusalén porque ahí estaba con mayor fuerza y acción el poder de Israel: político, económico y religioso; y la predicación de Jesús decía mucho con respecto a esas tres instituciones. Los Hechos de los Apóstoles y San Juan dicen que se reunían a puertas cerradas por temor a los judíos. Había en esta situación un real peligro hacia la vida y su integridad. Pero Jesús prefiere correr el riesgo y continúa con su predicación que de todos modos involucra a los judíos pues la salvación es para todos.
Jesús nos da ejemplo de un compromiso real y vital. Así también hemos conocido a través de la historia hombres y mujeres que han sido capaces de manifestar su verdad y por ello han sido condenados a muerte. Durante la semana que hemos pasado celebramos a varios santos que tuvieron la valentía de perder su vida por causa del Reino como Juan Fischer y Tomás Moro, que supieron corregir a su rey y esto les significó morir en Inglaterra.
Cuantas personas se paralizan por el miedo, no actúan, no hablan; prefieren acomodarse a lo impuesto con fuerza, o adoptan valores que no tienen nada que ver con el Evangelio de Jesús y para mantenerse vivos, o con dinero o fama, se suman a lo que otros dicen repitiendo frases o situaciones que son excepciones en la vida de una comunidad. Sabemos, lo hemos dicho antes, que la santidad de la Iglesia está dada por la presencia de Cristo en ella no por la perfección de los que están en la institución. Y ante la ignorancia de toda la tarea de bien de la iglesia prefieren sumarse a las palabras de burla y desprestigio que surgen en tantos hombres y mujeres.
El peor miedo es no poder llegar a ser uno mismo, no poder decir o actuar según el querer de Dios, no solo desde lo que nos dicen los sentimientos. Una regla espiritual es saber que se debe actuar según el querer de Dios y no según lo que yo quiero. Cuantas personas se empeñan en hacer u ofrecer servicios para los cuales no tienen "dedos pa'l piano", y se enojan con quienes le invitan a realizar otras tareas que le brotan solas, que se nota el don de Dios. Al parecer, dice esa regla espiritual, la voluntad de Dios está en aquello que yo no quiero hacer.
Cuantos dudan de los talentos personales y lo expresan diciendo "yo no sirvo para nada", "yo no me la puedo", etc.; ese miedo hay que vencerlo confiados en la presencia del Espíritu en su Iglesia que me ilumina e inspira y que animados por la presencia y compañía de los hermanos se puede hacer salir adelante.
El único miedo que se debe tener es el de los dones del Espíritu, que es el miedo de no ser fiel, el miedo de dejar a Dios de lado y no ser testimonio de su amor en el mundo. El miedo de no realizar de manera eficiente su obra, prestándole su pensamiento, sus ojos para ver, sus oídos para oír, sus labios para hablar y sus manos para transformar la vida de quienes padecen injusticias, pobrezas, enfermedades, desilusiones de todo.
Domingo 25 de junio, Mateo 10, 26-33.