P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Univ. Santo Tomás
“Jesús dijo a la multitud: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.”
El Padre Luigi Barbiero nos dejó algunas reflexiones muy hermosas sobre las “sorprendentes parábolas de Jesús”. Quiero compartir con ustedes uno de esos textos para que no nos olvidemos de las enseñanzas de quienes nos han precedido en la vida de fe y en las búsquedas del Reino de Dios.
Nos dice el Padre Luigi: “¿Qué es o quién es ese tesoro para el creyente? Sin duda es el mismo Jesús y el Reino que Él mismo ha encarnado en su vida y en su predicación, es decir, el gran Proyecto para una nueva humanidad.
Surgen algunas preguntas: ¿Hemos descubierto a Jesús como el tesoro más importante para nuestra vida? ¿Hemos experimentado el Reino de Dios como el tesoro precioso y necesario para vivir una vida cristiana auténtica, o solamente sabemos que Él y su Reino son algo absolutamente importante, y nada más? ¿Qué nos indica la parábola del tesoro escondido? Afirma que el que lo descubre vende todo lo que tiene y, con alegría y esperanza, compra el campo donde se encuentra el tesoro.
La parábola nos plantea dos pasos fundamentales y muy exigentes para lograr una vida espiritual cristiana. Primero, nos invita a llegar a un encuentro vital con la Persona de Jesús y su Reino, y luego, a dedicarnos, con todos nuestros talentos, a la construcción del mundo propuesto. Son dos pilares importantes para que el tesoro sea ‘para todos’ una realidad. Estos deben constituirse en el núcleo vital de nuestra vocación cristiana o de hombres de buena voluntad. El tesoro escondido, entonces, debemos buscarlo con profundo tesón, hasta encontrarlo y hacerlo vida. Es muy esencial en la existencia humana que Cristo llegue a ser Señor y Maestro de nuestra vida, como lo fue para Pedro: “Señor, Tu solamente tienes palabras de vida eterna”, o como Pablo exclamó: “yo sé en quien he puesto mi confianza… y nadie me separará de Él”. Para ellos Cristo ha sido la fuente del bien, de sus opciones y estilo de vida.
No basta con tener algunos conocimientos teóricos sobre Jesús. Es necesario llegar a tener una absoluta confianza en Jesús y llevar a la práctica su modo de vida y sus valores, como la verdad, la justicia, la misericordia, el perdón.
Si no buscamos colaborar con un mundo más humano, más justo, más fraterno, ¿qué sentido tiene la vida humana y, con mayor razón, la vida cristiana? Además, jamás podemos olvidar que Dios es el mendigo permanente de nuestro “si”; es decir, nos propone ser el Señor y la Fuerza de nuestra conducta y de nuestra libre colaboración para que sea posible la venida del Reino. Sin nuestra entrega generosa, el Reino no llega o tarda en ser una realidad. Ahora bien, nosotros por el hecho de saber que existe y que está oculto, no podemos hacernos los desentendidos” (Pág. 105-106 “Jesús y sus sorprendentes parábolas”).
Domingo 30 de julio, Mateo 13, 44-52.