P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Univ. Santo Tomás
Estamos iniciando el mes de la solidaridad. Un mes que ha sido destacado por el gobierno de Chile que ha nombrado al Padre Hurtado, San Alberto Hurtado, un Padre de la Patria del siglo veinte. Lo ha colocado a la altura de tantos hombres y mujeres que con su esfuerzo y desvelos han conseguido para nuestro país la independencia del rey español en el siglo diecinueve y de esa manera comenzar a ser una república independiente.
Así como hemos sido liberados de ser una colonia, el Padre Hurtado nos libera de algunos males que nos han invadido en esa época y que hoy nos siguen interpelando: la pobreza, que extendida por muchos rincones de nuestra patria, él la vio personificada en tantos hombres y mujeres, niños y jóvenes que dormían bajo los puentes del río Mapocho o en las plazas de nuestras ciudades; y como el obispo Manuel Larraín nos decía en su escrito del Cristo Luminoso: en las poblaciones callampas. En su tiempo el Padre Hurtado tuvo la visión de que era Cristo el que estaba sin hogar y con la ayuda de bienhechores se dedicó a la tarea de acogerlos y de tenerles un lugar digno donde poder guarecerse del frío invernal. Tuvo, el Padre Hurtado, la visión de dedicar tiempo y esfuerzo en rescatar la doctrina social de la Iglesia para formar a los campesinos que también vivían una situación de semi esclavitud en los fundos y que luego fueron dando frutos en lo que se llamó la reforma agraria, que aunque se enojen algunos latifundistas, logró que muchos pudieran mejorar sus condiciones de vida. Además que no se les robó sino que se expropió lo que no usaban y no producía para el sostenimiento del propio país.
Hoy las condiciones son otras, pero siguen dándose realidades de pobreza en la drogadicción, en la temporalidad de los trabajos, en los que venden parches “curitas” en las esquinas o limpian los vidrios por propina. Para un cristiano, no puede ser parte del paisaje los malabaristas de los semáforos, sino que debe ser el llamado de atención que nos mueva a colaborar para que esas situaciones no existan como fuente de empleo porque no lo es; un trabajo digno es aquel que permite a una familia su desarrollo en todos los ámbitos: vivienda, vestido, alimentación, salud, educación, recreación, eso dicen los derechos humanos.
El Evangelio de hoy nos ayuda a reflexionar acerca del miedo que produce el compromiso verdadero. La conversación de Jesús con Moisés y Elías descubre lo que implica la misión y la autoridad de Jesús parar entrar en el anuncio del Reino y los apóstoles que son testigos y escuchan esta conversación tienen miedo porque seguramente se sienten incapaces de lograr el objetivo final, seguramente es más fácil quedarse afuera y no meterse en problemas como sucede con muchos testigos de accidentes, o robos o violencia en distintos lugares de nuestras ciudades o poblaciones. La paz que se anhela, es esconder la cabeza mientras las cosas siguen ocurriendo.
Para Jesús la paz del mundo trae consigo la cruz, la violencia que provoca su mensaje en algunos porque se ven interpelados y el temor les impide entrar en la lucha contra el demonio que se manifiesta en el mundo.
Aquel que descubre su vocación, como lo hace Jesús junto a Elías y Moisés, no se quedará sentado en su sillón sino que su alegría máxima será, a pesar del dolor, el conseguir la liberación de todo lo que oprime al hombre. Así lo han hecho hombres y mujeres en la historia, como el Padre Hurtado en nuestro país que supo enfrentar los males de su tiempo y que nos deja la herencia para continuar. Transfigurados como Cristo, misioneros como San Alberto.
Domingo 6 de agosto, Mateo 17,1-9.