P. Luis Vaccaro Cuevas
Profesor de la Facultad de Ciencias Religiosas Y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule.
Hoy inauguramos el nuevo año litúrgico, y lo hacemos iniciando el tiempo de Adviento. Es el tiempo de la espera; de una espera preñada de certeza, en la fe, que el Señor viene, que podremos celebrar dentro de unas semanas que un niño nos ha nacido y que ha tomado nuestra carne para salvación de todo hombre. Hemos pues, de aprovechar los pequeños signos que la Iglesia nos ofrece para introducirnos en este tiempo: la ya tradicional corona de adviento, con sus cuatro velas que indican los cuatro domingos de este tiempo, también el color morado de los ornamentos sagrados, color que se reviste cuando queremos celebrar nuestra esperanza: en el Dios que viene, en el Adviento, en el Señor que resucita y nos llama a la conversión en el tiempo de cuaresma y en la promesa cierta de la Vida Eterna en el ritual de difuntos. También se omite el canto solemne del Gloria que se retomará en la noche de Navidad para aclamar con gozo que Dios se ha hecho hombre para que los hombres sean Dios, tomando las palabras de San Agustín. Nuestra vida, concreta y cotidiana es ritual, por ello se hace preciso conocer y vivir el significado del lenguaje litúrgico, y descubrir en él, la llamada de la Iglesia a vivir en profundidad este tiempo.
El texto que la Iglesia nos ofrece en este Domingo, nos habla de la actitud básica y fundamental que debemos hacer crecer en nosotros durante este tiempo: la esperanza como una lectura atenta y vigilante de la vida “Estén prevenidos entonces, porque no saben cuando llegará el dueño de casa: si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos”. A los creyentes se les pide que no distraigan su atención de lo importante. Se debe esperar con confianza el día y la hora de la manifestación del Señor, que a nosotros no nos está dado fijar ni prever. Debemos dejar que Dios sea Dios y que manifieste su soberanía y su plenitud cuando Él quiera. Pero eso no significa que la pasividad sea el modo con que debamos enfrentar la realidad de nuestra vida. Eso se convertiría en traición al verdadero mensaje del Evangelio de salvación que Jesús trae para nosotros.
El Adviento es un tiempo litúrgico, que por naturaleza es dinámico. Es verdadera imagen de la vida cristiana construida en el tejido sutil pero concreto de ansias, de esperanzas y de caminos por recorrer. La nostalgia inerte y paralizante de un Reino que no descubrimos ya pleno, sino en germen, en la andadura de la vida puede hacernos caer en inercias que no llevan al corazón humano a moverse en la misma dinámica de un Dios que se revela y se encarna para nuestra salvación, para que nuestra vida tenga sentido más allá de ella misma. Hay que prepararnos para acoger al Señor que viene. Por ello este tiempo es un momento en el que debemos pedir la gracia de desear una conversión más radical y más activa a los valores del Reino, no como una doctrina que debemos practicar mejor, sino como un encuentro más cercano con la persona de Jesús, que cambie nuestra visión de la vida, nuestra manera de relacionarnos con el Padre y con los demás. Eso significa vivir la fe sostenida por la esperanza. El deseo que nos haga exclamar ¡Ven Señor Jesús!, no nace sólo de lo que se nos dice, sino de un corazón entregado y comprometido con el llamado a seguir al Señor y a buscar su rostro entre nosotros.
Domingo 30 de noviembre de 2014. (Mc.13, 33-37)