P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Univ. Santo Tomás
Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.
Varias cosas podemos reflexionar a partir de este texto: lo primero es saber que en el principio los amigos de Jesús y los nuevos seguidores no tenían un lugar físico donde reunirse, como los judíos la sinagoga. Al destruir, los romanos, el templo; los judíos sienten que la presencia del Señor se hace patente con su palabra. Los seguidores de Jesús recogen ese dicho para animar a los discípulos con la permanente compañía de Jesús. Es bueno saber que a veces la gente siente que no puede estar con Dios porque los templos están cerrados, es doloroso tener que mantener en algunos lugares cerrados los lugares de culto por el vandalismo, o por los robos que se repiten o por acciones de ultraje a la fe como ha sido en algunos lugares de Chile. Ojalá se vuelva a tener respeto por la expresión de todas las personas y se pueda mantener abierto todos los lugares donde hay fe o acciones de bien.
Lo segundo a reflexionar es que a veces la gente se preocupa mucho por el número de personas que profesan la fe. A veces se piensa que si son menos, seguramente su influencia en las decisiones de la comunidad país, puede ser también menos influyente. Que importante es saber que para Jesús lo fundamental estará en la calidad de la fe, y no en la cantidad. Seguramente por eso es que en el principio siempre tuvo cuidado de que no muchos sepan sus milagros, porque eso atrae demasiada gente y no siempre con la verdadera actitud de conversión que hace que cada hombre y mujer se transforme en un discípulo como decíamos el domingo pasado. A la luz de los milagros serían grandes masas de gente que mirarían a Jesús como la oportunidad de lograr algo personal, de manera egoísta e individualista. Cuando para el Señor, la conversión implica la entrega de algo, de la propia vida, de los propios sueños y deseos en pos de la concreción del Reino, que le interesa a Dios y del cual Cristo es el misionero, el anunciador, su presencia es el Reino. Cuando surge un buen discípulo, su testimonio contagia a otros, mueve a buscar, motiva a vivir en actitud de discípulo a sus cercanos, como Francisco a sus amigos y a Clara, su mejor amiga; como Ignacio a Francisco Javier y a sus compañeros; como los mártires de Corea que mueren rezando y cantando crucificados como el mismo Jesús. Esa minoría es mucho más eficiente en el anuncio que un gran número de personas débiles en su fe.
Y lo tercero a reflexionar en este domingo es algo que siempre nos trae el evangelio: la oración, personal o comunitaria. En este caso donde dos o tres se reúnen para pedir algo… la oración de una comunidad debe ser permanente y trabajada. Me parece que una oración que no vive lo que pide no es una oración verdadera. Cuanta gente cree que reza porque repitió frases y siente que Dios no le cumplió. Yo creo que la oración verdadera es el trabajo, es el levantarse temprano a estudiar o a trabajar. Es el deseo de la paz y por lo tanto aprende a no contestar cuando lo reprende su padre, su esposa o su jefe, porque eso trae consigo un ambiente nuevo de armonía, de agradecimiento porque el reto es preocupación por la vida del otro. Si quisiera que se pierda no lo corregiría ni le advertiría. Pero la oración verdadera sabe ser constructiva y sabe también ser silencio, contemplación y agradecimiento por lo Dios nos ha dado.
Domingo 10 de septiembre, Mateo 18, 15-20.