P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Univ. Santo Tomás
“<< ¿No han leído nunca en las Escrituras: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?”. Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes y será entregado a un pueblo que lo hará producir sus frutos>>”.
Continuamos con el ejemplo de la viña. El dueño que planta una viña, construye un lagar y realiza todo lo necesario para que sea un lugar excelente que solamente necesite ahora personas que vengan a trabajar, que la cuiden en su ausencia y le entreguen las ganancias en el momento de cobrar el arriendo. Lo triste de esta parábola es que los arrendatarios se confabulan para apropiarse de la propiedad y quedarse con todo. Tanto es su maldad que cuando se envían emisarios a cobrar los matan para no pagar. Creen que de esa manera el dueño se olvidará de la deuda.
Cuando Jesús pregunta, ¿Qué creen que hará el dueño de la viña al volver?, ellos responden que los hará matar a todos. En esa frase se condenan a sí mismos. La parábola es un resumen de la historia de Israel. Es la experiencia que Dios ha tenido con un pueblo al cual le ha entregado todo. Ellos han podido vivir en carne propia la acción de Dios que llama, que hace alianza, que los libera de la esclavitud y los guía por el desierto. Son razones más que suficientes para vivir eternamente agradecidos y dispuestos a servir al que “se la ha jugado por ellos”. Pero la historia dice totalmente lo contrario, en diversos pasajes del antiguo testamento aparece la frase: “hicieron todo lo reprobable a los ojos de Dios”; “su maldad fue mayor que la de su padre”, etc. y los profetas que eran la palabra que se había enviado a ellos para que cambiaran de actitud fueron perseguidos y acallados para no escucharlos y tomar conciencia de su error y convertirse. Esa generación, podríamos decir, que desapareció cuando se destruyó Jerusalén y no quedó piedra sobre piedra.
Pero, atención, no significa eso que ahora los cristianos tengan asegurado el Reino de Dios porque no fuimos los que crucificamos a Jesús, y porque todavía seguimos algunos vestigios de la tradición eclesial cumpliendo algunos ritos y participando en alguna comunidad eclesial. Porque al parecer todavía persisten en personas de iglesia la costumbre de juzgar a otros por su apariencia o por su ausencia a las asambleas dominicales. Mucha “gente de fe” tiende a creerse el paladín de la moral y las buenas costumbres solo en algunos temas: los mal llamados “temas valóricos”, que los malos políticos también asumen como si fuera la única tarea de la comunidad de la iglesia, que son los temas sexuales y de género. Cuando la preocupación fundamental de Jesús es y será la persona total: a la cual le afecta saber que el mundo en el cual vive se contamina, la preocupación es pedir que la justicia se haga presente en todos los ámbitos como por ejemplo nuestros pueblos ancestrales, que por una mal entendida conquista han perdido sus tierras de siempre. Es inmoral que nuestros abuelos no tengan pensiones dignas, y que las familias no tengan espacios de encuentro y de descanso como puede ser todos los domingos.
Los dueños de Israel, que eran los sacerdotes y maestros de la ley, se quedaron en la pelusa en el ojo y no vieron la viga en el propio. Se adueñaron de la viña y no fueron capaces de compartir sus frutos. Nuestro campo todavía comparte y eso crea lazos. Los frutos de justicia siempre hacen crecer los pueblos.
Domingo 8 de octubre, Mateo 21, 33-46.