P. Luis Vaccaro Cuevas
Profesor de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule.
Con frecuencia, y además por el uso común que de la palabra “evangelio” hacemos, puede llegar a ser en nosotros, algo parecido a un libro de dichos y hechos que nos narran los principales eventos de la vida de Jesús. Este tipo de uso en la Iglesia no se revela en los orígenes de la primera comunidad hasta bien avanzado el siglo II. La palabra “evangelio” era de uso común en el mundo grecorromano de Jesús, y estaba reservada a la comunicación de grandes y buenas noticias, generalmente relacionadas con victorias y conquistas, que tenían como especial protagonista al Emperador, cuya figura tenía carácter divino. Él reunía todo poder en su persona, no sólo significaba, sino realizaba toda la plenitud del poder y la fuerza humana y divina hasta ese momento conocida.
De esta manera cuando San Marcos inicia el texto con las palabras “Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”, Jesús es presentado como alguien que viene de parte de Dios y tiene su propia Buena Noticia que regalarnos. Él es el Hijo de Dios cuya buena noticia es Él mismo. Ese es el gran anuncio de salvación para los hombres. Un “Evangelio”, es decir, una Buena Noticia de salvación está vinculada a Dios y a su designio sobre el hombre. En Jesús ese designio se ha hecho plenitud de realidad para todo hombre que quiera acogerlo. Por ello, a la manera del Antiguo Testamento, este anuncio de la Buena Noticia de Jesús va precedido de aquellos que anuncian la verdad sobre el futuro, eso en lenguaje bíblico, es hablar de los profetas. La figura que con características proféticas se pone relieve en el Evangelio es Juan el Bautista. El anuncia con su palabra y con su bautismo, que contiene una clara llamada al cambio de vida “...y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados”, la presencia de Alguien al que hay que esperar, y no de manera pasiva o tranquila sino preparados para reconocer la grandeza de Aquél que trae consigo la salvación y es presencia de Dios entre los hombres.
La meta que se ofrece a los creyentes, no son los hombres, por grandes, santos y dignos que sean como el Bautista, sino es Jesucristo, Hijo de Dios. El adviento se convierte así en un tiempo de espera purificadora, que nos ayuda a descubrir, al Dios que nos trae la verdadera y Buena Noticia de la salvación, y no al Señor, que en no pocas veces, y por las muchas mediaciones que tenemos, lo hemos hecho a nuestra medida. Proclamar a Jesús, Hijo de Dios, en medio de la comunidad de creyentes que es la Iglesia significa buscar el encuentro con Él. No se trata de seguir sus doctrina o sus enseñanzas , significa más bien preparase para acoger a la persona del Señor que es la Buena Noticia que nos cambia la vida y nos la pone en otra clave. Por ello este tiempo es un momento de conversión activa, que nos prepara al encuentro personal, y al seguimiento comunitario del Maestro. Corresponde pues, que descubramos nuevos caminos para que el Evangelio vuelva a ser acogido con toda la radicalidad de su letra y de su espíritu.
Que nuestra confesión de fe en Jesucristo, Hijo de Dios, sea Anuncio de renovación profunda en nuestra vida, para que la nuestra se convierta en signo claro de la dirección hacia donde debe dirigirse el ansia, la esperanza y los deseos de felicidad de tantos hombres y mujeres que nos rodean y buscan al Señor con quien nosotros intentamos encontrarnos.
Domingo 07 de diciembre de 2014. (Mc. 1, 1-8)