P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Univ. Santo Tomás
“Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?’. Jesús le respondió: ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los Profetas’”.
Nuevamente nos encontramos con los fariseos y Jesús. Este episodio continúa al de la polémica por el impuesto al César. Nos quedó muy claro que la vida humana y por ende el amor principal está centrado en Dios. Porque una moneda no vale más que las personas, ya que en ellas descubrimos el rostro cercano, amable y amoroso de Dios. Una moneda tiene grabado el escudo, el rostro del César, pero no es el César y se le devuelve al César en los impuestos.
Hoy, el Evangelio nos interpela a saber de manera fehaciente y clara hacia donde tiende nuestro corazón, luego de conocer la totalidad de la ley, que se resume en estos dos mandamientos que Jesús les recuerda a los fariseos.
Sé que hay gente sencilla que no ha tenido la oportunidad de formarse y que siempre pregunta para ser bien orientada, pero también hay personas que habiendo tenido estudios viven preguntándose qué se debe hacer en tal o cual situación. A veces con total honestidad, se confunden y en otras con la “maldad” de poder justificarse ante decisiones no muy sanas.
El mandamiento del amor será siempre la base de la relación de los hombres con Dios. Todo lo que elija hacer debe tener esa fuerza que lleva a tomar decisiones en todos los ámbitos de la vida.
Cualquier hombre o mujer que ha tenido un encuentro con Jesucristo sabe que su rostro amable, que ha mirado mi historia y me ha querido como soy no puede sino responder con la misma actitud. Su compromiso brota instantáneo, ni siquiera por cumplir la ley, sino únicamente como un corazón agradecido. Por lo tanto surge un deseo de servicio, especialmente a los más pobres, para que experimente lo que yo he descubierto y que como dijo el Papa Benedicto: “es el mayor gozo”. Para quien ha conocido el amor, su dolor más grande será fallar en su respuesta.
La persona que es amada y ama, no se dedica a preguntar si está bien o mal; se dedica a servir. No pone trampas a otros, sino que comparte el camino y lo facilita para que se llegue a la meta que es contemplar a Dios de manera definitiva.
La persona que es amada y que ama a Dios, tiene como meta el Reino de Dios, y lo va construyendo día a día hoy, ahora y acá, colaborando para que se haga visible aquello que se realizará plenamente en la parusía. No necesita un jefe que lo apure, sino que necesita un compañero o compañera con quien compartir los sueños y avanzar juntos en el trabajo y en la oración agradecida y comunitaria. Los mandamientos que solo ordenan nos hacen pequeños y esclavos. El mandamiento del amor, en cambio, nos hace adultos y libres.
Domingo 29 de octubre, Mateo 22, 34-40.