P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Univ. Santo Tomás
“Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: <<Ya viene el esposo, salgan a su encuentro>>. Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: << ¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?>>. Pero éstas les respondieron: <<No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado>>. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: <<Señor, Señor, ábrenos>>. Pero él respondió: <<Les aseguro que no las conozco>>. Estén prevenidos. Porque no saben el día ni la hora”.
“A veces pensamos que lo contrario de la esperanza es la desesperación. No siempre es así. En una época de crisis como la nuestra, la pérdida de esperanza se manifiesta sobre todo en una actitud de desesperanza que lo va penetrando todo. Es fácil observar hoy este <<desgaste>> de la esperanza en bastantes personas.
A veces, el rasgo más evidente es la actitud negativa ante la vida. El que pierde la esperanza lo va viendo todo de manera cada vez más oscura. No es capaz de captar lo bueno, lo hermoso que hay en la existencia. No acierta a ver el lado positivo de las cosas, las personas o los acontecimientos. Todo está mal, todo es inútil. En esa actitud desesperanzada va malgastando la persona sus mejores energías.
La falta de esperanza se manifiesta otras veces en una pérdida de confianza. La persona no espera ya gran cosa de la vida, de la sociedad, de los demás. Sobre todo, no espera ya de sí misma. Por eso va rebajando poco a poco sus aspiraciones. Se siente mal consigo misma, pero no es capaz de reaccionar. No sabe dónde encontrar fuerzas para vivir. Lo más fácil entonces es caer en la pasividad y el escepticismo”. (“El camino abierto por Jesús”, José Antonio Pagola).
Este escrito es muy iluminador y nos permite mirar nuestra realidad para comprender el texto bíblico. Muchas veces el combustible para mantener nuestras lámparas encendidas se nos agota y dejamos que el “destino” nos lleve hacia donde quiera. Es así como, por ejemplo, hoy esperamos que el futuro político se decida por sí mismo, o por los pocos que votan y la mayoría, que no vota, solo se queda criticando todo el devenir sin comprometerse en nada porque la “política es corrupta”, “porque son todos ladrones”, etc. Se cumple eso de que no se capta lo positivo ni se confía en nadie. El evangelio de las vírgenes necias y prudentes nos debiera mover al deseo de esperar confiados, el aceite representa en cierto modo el trabajo que realiza cada uno para que se cumpla lo que se espera.
Cuantas veces nuestra oración se conformó con elaborar hermosas frases dedicadas a Jesús y a la Virgen, pero le faltó la disposición, el compromiso, la fuerza de estar donde se necesitaba, de trabajar por la consecución de aquello que estaba pidiendo. La experiencia nos dice que todas esas personas jamás en su vida han rezado. Solo han hecho buenas meditaciones que ni siquiera les han servido para iluminar a otros. En cambio, los santos, que reconocemos cada día y tuvieron su fiesta al inicio de este mes han sido antorchas gigantes, luceros que hacen ver el camino para seguirlo y de esa manera recibir al esposo que ya llega.
Pidamos al Señor, que durante este tiempo que nos toca vivir podamos llenarnos de esta misma fuerza, del combustible que encienda nuestra vida para animar nuestro mundo.
Domingo 12 de noviembre, Mateo 25, 1-13.