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15 Dic2014

Ser creyente implica ser testigo

p luis vaccaroP. Luis Vaccaro Cuevas
Profesor de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule.

La Palabra que la Iglesia nos ofrece en este tercer Domingo de Adviento nos pone de cara a un testimonio, que es suficientemente significativo para que se convierta en espejo de nuestra propia experiencia de ser testigos de lo que creemos. La figura presentada es la de Juan el Bautista. En este rol es mencionado siempre dentro del Evangelio de San Juan. Si resulta importante el testigo, no lo son menos aquellos ante los que se da testimonio: “los Judíos”, representados aquí por su jerarquía política y religiosa. No se trata de una alusión a la raza judía, sino que es, en la intención del evangelista, la concreción del mundo que rechaza a Jesús y permanece incrédulo ante su mensaje. Se nos presenta aquí, de modo programático lo que será la vida y el ministerio de Jesús, y luego se extenderá a la comunidad de creyentes que es la Iglesia: Él vivirá y nosotros lo seguiremos, en todo lugar, en la historia y en el tiempo, la lucha entre la fe y el mundo que permanece contrario a la Buena Noticia de la salvación.

Juan niega ser el Mesías esperado, y afirma no ser ninguno de los profetas del Antiguo Testamento. Él dice de sí mismo que es “voz que grita en el desierto”, con estas palabras del Bautista y el hecho de su bautismo, Juan quiere desviar la atención que se centra en él para dirigirla hacia la persona de Cristo. Por ello el bautismo de agua que él realiza es signo del bautismo en el Espíritu. Por esto resalta la ceguera de los judíos; preguntan por alguien que está en medio de ellos, pero a quien no pueden reconocer, porque les falta un corazón capaz de acoger los signos que dan cuenta de la presencia del Reino. Es lo contrario de la actitud de Juan.

La escena descrita en el Evangelio pone de relieve no sólo el testimonio del Bautista, sino de lo que significa esta realidad en la vida creyente. Se requiere ser capaz de crear una actitud receptiva y acogedora de la salvación, tal como lo hace Juan. De ese modo se desarrolla, por obra del Espíritu, la capacidad de certeza, de que está entre nosotros, “alguien de quien no soy digno de desatarle las sandalias”. La presencia de Jesús y su mensaje, se convierten en parte importante de la vida cuando ésta vive en fidelidad a la esperanza confiada en Él, que ha prometido la vida plena. Un modo muy real y muy concreto, para discernir cegueras y buscar caminos ciertos, están en las dos reglas básicas del testimonio asumidas por el Bautista. La primera es saber que somos voz que clama en el desierto: que no ser oídos, no ser reconocidos ni valorados por el mundo es parte del  recorrido que el mismo Jesús tuvo que hacer durante su vida. La segunda, es, quizás la más sutil, pero la más realista: el tener conciencia, en cada momento de nuestra vida, que nuestros gestos y nuestras palabras serán más cercanas al Evangelio, en la medida que no nos anunciemos a nosotros mismos.

La certeza que somos instrumentos y no fuente de la vida entregada por Jesús, debe darnos, como discípulos, la capacidad y la audacia para jugarnos enteros por que los hombres y mujeres necesitados de Dios y su cercanía, y al mismo tiempo la confiada humildad de quien sabe que no hay que buscar retribución ni falsos estímulos, sino la libertad de dar como regalo lo que como regalo hemos recibido.


Domingo 14 de diciembre de 2014. (Juan 1, 6-8.19-28.)

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