P. Luis Vaccaro Cuevas
Profesor de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule
La parábola que en el Evangelio de San Mateo nos ofrece la Iglesia para este domingo, tiene como tema central la actitud negativa frente al Reinado de Dios, en otras palabras, la actitud que impide ver en Jesús la nueva vida que el Padre nos ofrece para encontrar el verdadero sentido de la nuestra. En estas imágenes el evangelista ha hecho un gran compendio de la historia de salvación. Los primeros invitados a este banquete son los que componen el pueblo elegido: Israel, pero ellos se han negado a aceptar la invitación. Es una nueva recriminación contra los que están centrados en sus propias tareas, en su propio y rígido esquema para interpretar la ley, y por ello no han descubierto el verdadero rostro de Dios en Jesús. Se han cerrado, ellos mismos, la puerta a esta gran fiesta de la vida, cuya única condición es acoger la invitación que Dios hace para vivir de otro modo, no siendo esclavos de nosotros mismos sino libres y alegres para participar en esta nueva manera de concebir la vida que está cerrada en la figura de la fiesta de bodas.
Es este mismo llamado el que, el Señor hace para todo aquél que quiera aceptar su invitación “los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados”. La gran oferta de la vida y la salvación se ha universalizado. No se trata de seres perfectos y puros, de dignos y cumplidores, sino de todos los que han oído la llamada y han querido asistir. La acción de Dios en el hombre requiere esta capacidad de acoger y aceptar que la fiesta es un regalo, no algo que se merece por haber realizado tal o cual cosa, sino de la aceptación humilde que lo que se ofrece es don, es un regalo. La vida verdadera y eterna nos viene de Dios y es esa la salvación que se nos da.
El párrafo final hace alusión, bajo la imagen del vestido de bodas, a que no basta entrar en la fiesta para gozar de ella. Hay que estar convenientemente ataviado. Este vestido no es algo exterior. No se conoce que en la época se requiriese de algún tipo de traje especial para las fiestas nupciales. Se trata, por tanto, de la disponibilidad interior que tengamos para aceptar la santidad con que Dios nos hace santos, la bondad que Él nos regala y que nos hace buenos, la misericordia y la salvación con la que llegamos a ser verdaderos portadores de salvación y amor para otros. La fe en Jesús, o la aceptación del reinado de Dios no se convierte por eso en un mero voluntarismo por el cual hacemos cosas buenas que nos acercan a Dios, o en ingenuas manifestaciones de buenas intenciones que no nos comprometen. Es recorrer el camino inverso, es decir, sólo llegamos a ser buenos cuando nos vaciamos de nuestros dioses y nuestras leyes para aceptar al verdadero Dios y la única gran ley de la que Él es fuente: la del amor.
En eso consiste tener un corazón nuevo, un corazón convertido a la permanente irrupción de Dios que nos ama y experimentando la fiesta del amor recibido podremos abrir nuestros propios ojos y los de otros a la vida nueva y verdadera que nos hace hijos del Padre de Jesús y hermanos entre nosotros.
Domingo 12 de octubre de 2014