P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Santo Tomás Talca
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró al sepulcro, vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro. Él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos (Juan 20, 1-9).
Hemos vivido de manera muy distinta esta Semana Santa, ya que por cuidarnos de la pandemia se han suspendido todas las celebraciones en los templos y capillas de nuestra Iglesia diocesana.
Esta forma de vivir en la sencillez de los hogares, en la familia reunida, y algunos de manera personal en la reflexión y la oración, nos ha permitido comprender de modo mucho más profundo la realidad de la muerte y la resurrección en la cual Jesús nos ha hecho entrar. Seguramente muchos, han podido ver muy cerca la realidad de morir, a lo mejor en un accidente o alguna situación particular, pero como comunidad en la cual todos hemos estado y estamos a un breve saludo, a un metro del contagio del coronavirus; nos lleva a pensar en la dura realidad de dejar este mundo. Específicamente la vivencia del Vía Crucis nos habrá hecho encontrarnos con aquellos que padecen verdaderamente la enfermedad y el dolor de los familiares que, si ha fallecido alguno, solo lo pueden ver caminar hacia algún lugar de depositar los cadáveres de quienes fueron contagiados. Es la cruz y el dolor en vivo de ese hombre o mujer, hijo o hija.
Para ellos es que el evangelio hoy nos anuncia la resurrección de Jesús. No importa donde ha quedado cada uno, si en una cueva o en un nicho, o junto a otros en una fosa común. Lo importante es que, con Cristo todos han salido triunfantes para disfrutar hoy de la eternidad. Su purificación ha sido esa cruz de la enfermedad y el deseo personal, la fe que han tenido en mejorarse, en salir de esa situación de desgracia, de poder superar esta realidad que nos duele y angustia.
La resurrección de Jesús es un hecho que supera estas dimensiones que conocemos, es entrar en la comunión con todos quienes luchan por encontrar remedio a la pandemia. Es el compromiso por entrar en otra forma de vivir en la cual prima la fuerza renovadora y constructora del amor verdadero. Ese amor que abre los corazones de todos a la solidaridad, a pensar en el otro. A compartir los medios que tenemos y que alcancen a todos porque la historia continúa. El trabajo debe lograr que tengamos siempre un pensamiento positivo y una realización efectiva en que nuestro aire y agua sean limpios y puros, que nuestro organismo humano se alimente bien. Que la vida comunitaria sea un permanente trabajo en equipo que siempre consigue alcanzar solamente lo necesario para sostenernos y no el acaparamiento de todo. De comida, de metales, de contactos, de armas, de vicios que traen tanta desigualdad y por lo mismo nuevas pandemias de tipo social.
La resurrección de Jesús construyó comunidades. Ahí es donde se ve su rostro. Su actuación ininterrumpida en la historia. Su presencia permanente prosigue en aquellos que día a día van sanando de dolores a nuestro mundo y a sus habitantes en todas las variadas acciones que realizamos.
Domingo 12 de abril, Pascua de la Resurrección del Señor.