P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito
Me impresiona ver todos los días de la vida y en cada segundo dos tipos de personas: optimistas y pesimistas. Gente que ve el vaso medio lleno y otros que lo ven medio vacío. No me atrevo a decir quién de los dos tiene la razón porque siempre que se da razones para una de ellas, te tratan de mal informado, de estudie un poco más, póngase en el lugar de los que viven una u otra sensación.
El hecho es que aparecen dos grupos bien marcados a la entrada de Naim: unos que van felices con Jesús preocupados de su misión y acompañándolo por todos los lugares y otros que van tristes acompañando a una mujer que había perdido a su único hijo. Eso significaba una gran pobreza futura, indigencia y exclusión, tenía motivos para estar triste.
Jesús comprende la situación y se conmueve profundamente, tanto que se acerca a ella y le dice “No llores”; se acercó y tocó el féretro ordenando al joven que se levante y resucitado lo devolvió a su madre provocando con esto una gran impresión y alabanzas a Dios. Reconocían que un gran profeta había aparecido entre ellos.
El dolor de la mujer es real, no sufre por cosas banales sino que por algo fundamental en su vida, estoy seguro que las personas que reclaman por todo en nuestra comunidad también, pero es bueno poder distinguir las cosas pequeñas de las grandes, las superficiales de las esenciales.
Lo que hace la diferencia es que con Jesús se puede ver más allá de la vida, se puede vislumbrar algo que parte aquí pero que culmina en la eternidad, por algo su acción trae alabanza a Dios y tienen la convicción de que Dios ha visitado a su pueblo.
Me surgen llamados desde esta lectura y que se los comparto para que puedan también ustedes responder a su propia vida: ¿En qué procesión voy, en la de los que lloran siempre o en la de los que tienen la capacidad de mirar hacia adelante, a pesar de lo complicado que pueda parecer todo? ¿En qué o quién me apoyo para superar los momentos de dolor o sin sentido?
Para Jesús, el absoluto del Reino le permite estar atento a las realidades que gritan en cada lugar, esa atención a la voluntad del Padre lo hace siempre disponible a servir y sobre todo en las situaciones más sensibles y profundas de las personas. Hay muchas experiencias de muerte en el mundo, en las comunidades y en la vida personal. Hay muchas situaciones donde vemos gente que lo pasa bien, que tiene de todo, tanto que ni siquiera miran a los vecinos, no los conocen ya que todo está servido, lo decíamos algunos domingo antes. Se dan esas dos situaciones y son la misma procesión, y una gran barrera entre ellas. Jesús se atreve a cruzar la frontera y mira, se deja tocar, y se hace uno de ellos. ¿De quién? De los que sufren, de los pobres, de los excluidos, de los que son esclavos del poder, la fama y el dinero. Es la invitación a tomar esa decisión. Todos podemos, sin perder la alegría del Reino, como Jesús, ir a la procesión de los que sufren para transmitirles, para llevarlos a la alegría de la resurrección. Los que van junto a Jesús han padecido, han superado dolores y se han liberado, es por eso que conocen dónde ir, a quién deben seguir, dónde está la vida verdadera. Joven a ti te lo digo, levántate.
Décimo domingo del año. Lucas 7, 11-17.