P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito
Durante varios domingos hemos reflexionado lo que significa el amor del Padre, una vida completa de donación, de entregar todo lo que tiene a quienes él ama, esa es la actividad única de Dios. Y fruto de ese amor es que toda la historia se nos va revelando como un espacio en el cual experimentamos esa fuerza que mueve a todo el universo. Cada hombre y mujer al despertar, si lo valora realmente, dará gracias por haber despertado, porque al despertar puede ver, al ver percibe todo lo que tiene a su alrededor para disfrutar cada día. Puede moverse, puede ver paisajes, hombres y mujeres que caminan hacia diversos lugares para desarrollar el don recibido en la educación, la salud, la política, la construcción, la siembra de frutos en el campo, la escritura de una partitura que canta a la vida, o la pintura que plasma una escena familiar o un paisaje del campo que da frutos: todo es regalo del Padre que ama. La armonía en las comunidades, los entendimientos entre los que están en guerra, la solidaridad de aquellos que tienen más con los que tienen menos, la apertura de fronteras que permiten el desarrollo de las personas, el entendimiento de los esposos que estaban en crisis, la reconciliación de los hermanos que hace años no se hablaban. El reconocimiento de que “yo” soy muy soberbio, o soy muy discriminador, soy violento, no valoro el trabajo de los demás, etc.; todo ese momento iluminador y que termina cambiando la historia es expresión del amor de Dios.
Un amor que trae como fruto la paz, esa sensación de estar bien con uno mismo, que te mueve a continuar trabajando cada día para mejorar las cosas y hacerlas perfectas sin vanidad sino con la intención de que sirvan mejor; todo eso es trabajo del Señor. Es el amor en movimiento. Un amor que cuando parte de sí mismo hacia fuera, a los demás, produce paz en el corazón y en la vida de la comunidad, porque una persona que ha realizado su vocación en actitud de permanente entrega, siempre obtendrá como recompensa la paz que se instaura en ese grupo humano.
Hoy recordamos, además, en la fiesta de San José Obrero a los hombres y mujeres que con su lucha lograron el reconocimiento de los derechos de los trabajadores. Una lucha que continúa en muchos lugares del mundo incluido el nuestro.
Son muchas las situaciones que hacen que a veces el trabajo siga pareciendo un castigo y no una bendición. Es la hora de que por fin se cumplan todos los compromisos adquiridos en leyes y en contratos. El amor de Dios se ha comunicado en la efusión del Espíritu que hace que todos podamos comprender lo que significa esa fuerza de vida y que podamos realizar diariamente, movidos por su inspiración, nuestro aporte que brota como respuesta de amor. El trabajo de cada hombre y mujer es y siempre ha sido una bendición, ya que con el cansancio diario, con la mente y el cuerpo dispuesto, el Reino de Dios se va instaurando. Pero se hace necesario el que todos podamos comprender esta tarea entregada a nosotros de hacer que todo crezca. Un trabajo que permite alimentarnos no solo materialmente sino espiritualmente, un trabajo que cuida la creación y no la daña como hasta el momento lo hemos hecho.
Podemos preguntarnos cada uno: ¿cómo el Espíritu me hace comprender todas las cosas? ¿Cómo me dispongo cada día para hacer presente el amor de Dios en el mundo por medio de mi trabajo? ¿Cómo puedo reconocer la actividad de cada persona que tengo a mi alrededor y que con su trabajo me permite a mí tener vida, casa, ropa, alimento, movilización, etc.? Ya que el trabajo de todos hace que yo pueda estar junto a ustedes en este día, y todo porque Dios ha amado primero y trabaja siempre.
Sexto domingo de Pascua. Juan 14, 23-29.