P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social y Talca Ciudad
Párroco de Los Doce Apóstoles y Capellán Univ. Santo Tomás
Hoy celebramos el último domingo del año litúrgico. Desde el próximo viviremos el tiempo de Adviento, con el cual iniciamos un nuevo recorrido por los caminos de seguir a Jesús, habiendo sido llamados e invitados por él a formar parte de su misión.
El evangelio que se lee hoy en todas las misas nos da cuenta de un Rey (el Hijo del hombre) que se sentará en su trono glorioso y separará a las ovejas de las cabras, a unos a su derecha y a otros a su izquierda. Esa ubicación no significa algo malo lo izquierdo o lo derecho, es solo una ubicación de separación para entender el ejemplo, y desde la revolución francesa se define así en la política.
Lo importante es que se distingue los que han tenido una actuación en su vida conforme a lo que Jesús nos ha enseñado. Y que tiene que ver con la identificación que él mismo hace de su vida como un pobre y despreciado de la historia, un marginal, alguien que habita las periferias existenciales y geográficas. Los que se han abierto a reconocer esas realidades reciben una gran noticia: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo”.
Los que no lo han reconocido ni han tenido ninguna actitud de servicio, los que no han realizado las obras de misericordia que hemos aprendido durante el año anterior y que el evangelio nos dice, reciben la más triste noticia: “Aléjense de mí, malditos: vayan al fuego eterno preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; era forastero, y no me alojaron; estaba desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron”.
Tanto los primeros como los segundos reciben la misma fundamentación a su futura vida cuando preguntan: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o preso…?; cuanto hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Es decir, la palabra decisoria del juicio final pasa por la palabra que cada uno de nosotros dimos. No es un asunto de suerte, que otro decide por mí, sino que es un asunto de responsabilidad personal que me mueve a responder con amor a la llamada recibida en algún momento de la propia existencia. Lo hemos dicho durante todo el año litúrgico. Dios nos ha dado su orientación que se expresa en la ley que invita a que el amor a Dios se concrete en obras de amor y que se entrega a quienes están más cerca nuestro y haciendo cercanos (prójimos) a los lejanos. El papa Francisco agrega hoy el cuidado de la casa común y de nuestros hermanos pequeños que son los habitantes de los mares, de los ríos, montañas y bosques del mundo, los animales de toda especie.
Me resulta muy triste el saber que mucha gente tiende a dejar todo el destino de la propia existencia en manos de otro. Mucha gente vive culpando a los demás de lo malo, lo feo, lo terrible que puede suceder cuando todo pasa por poco escuchar la ley del Señor. Por no seguir su dedo indicador que como Padre nos muestra siempre el camino correcto y tendemos a creer que lo sabemos todo y nos sentimos grandes para actuar, y en muchas ocasiones solamente constatamos que seguimos siendo niños.
El evangelio de hoy nos invita a tomar conciencia de que somos grandes porque confiamos y porque podemos apoyarnos en otro para crecer aún más. Porque nuestro Dios ha hecho el camino antes. Se ha constituido en nuestro Rey.
Domingo 26 de noviembre, Mateo 25, 31-46