P. Luis Alarcón Escárate
Vicario de Pastoral Social
Párroco de Los Doce Apóstoles
Estamos viviendo el quinto domingo de pascua y pareciera que hemos vuelto atrás en la lectura de los textos bíblicos porque nos aparece este pasaje de la Última Cena en la cual Jesús conversa con sus amigos.
Todo tiene su explicación ya que los evangelios son elaboraciones posteriores a los hechos que conocemos y están cargados, entonces, de esa confianza que les da el acontecimiento de la resurrección de Jesús. Todo lo que está en su mente y corazón es el hecho de que Jesús ya no está en la tumba y lo había explicado hacía mucho tiempo antes.
La cena de los apóstoles con su maestro es un momento de gran intimidad, es un momento en el cual se entrega todo lo que se tiene: sus palabras llenas de cariño por cada uno, el alimento que cobra un nuevo significado ya que será su propio cuerpo y su propia sangre; es decir, de ahora en adelante cuando nos reunimos para compartir esta comida lo tendremos siempre presente. En esta comida de despedida está la palabra que transmite confianza a los discípulos en cuanto a la comunión que existirá a pesar de la ausencia real de la persona que ellos aman.
Se transmite un mensaje revelador de quien es Jesús: Camino, Verdad y Vida. El camino era entendido como el cumplimiento de la ley; hoy, el Señor se hace camino. El identificarse con su persona es entrar en la nueva ley que es una experiencia de amor verdadero, es el nuevo mandamiento a cumplir. La vida es la ley misma, el cumplirla es conocerla totalmente; hemos dicho en otras ocasiones que la ley es un consejo del padre que ama a su hijo y le muestra con su dedo el camino para que le vaya bien, el no cumplirla será su fracaso, su perdición; vivir la ley es entrar en la plenitud. La verdad es aquello que somos en definitiva, es lo que Dios ha soñado de todo, por decirlo de algún modo. Es el rostro real que muestra lo que alguien es sin necesidad de presentarlo porque se hace patente lo que es.
Jesús nos entrega en este texto un mensaje de confianza en su persona. Nos invita a tener una preocupación permanente por los bienes del cielo. No temor por la muerte, sino temor de quedarnos fuera de la verdadera alegría. Los cristianos creemos en la vida eterna aunque no hayamos visto jamás un muerto de pie. Porque como lo hemos dicho antes, la resurrección no tiene que ver con este mundo sino que es algo para la eternidad, para que confiando en ella tengamos una disposición de dejar este mundo mejor de cómo lo encontramos; la paz que tanto anhelamos para los países que están en guerra y donde los cristianos son perseguidos, la salud para los que sufren en hospitales o en sus casas en tantos lugares del mundo, las injusticias que padecen los trabajadores en cualquier lugar especialmente cerca nuestro son una llamada de atención para que comencemos a construir el cielo hoy, ahora y acá, que el mejorar nuestro testimonio de Jesús pueda alimentar la esperanza y la confianza de todos aquellos que dudan de su presencia en el mundo, y puedan abrirse a la fe porque hay signos de que es real y verdadero el mundo celestial. No es solo una promesa, lo comenzamos a contemplar desde aquí, desde esa cena de Jesús con sus amigos.
Domingo 14 de mayo, Juan 14, 1-12.